viernes, 29 de abril de 2011

ARRIBES DEL DUERO

Los pasados días 9 y 10 de abril visitamos el sector salmantino de Los Arribes del Duero, Parque Natural de singular geomorfología y paisaje de profundos valles fluviales encajonados sobre escarpadas paredes, donde se alberga una rica variedad botánica y faunística, destacando sus aves rupícolas, como pudimos comprobar durante el fin de semana.

La primera parada, después de recoger en Salamanca a dos miembros de SEO Salamanca que harían las veces de guías, la hicimos en el llamado mirador Picón de Felipe. En este lugar, tras un placentero paseo por camino empedrado, tuvimos oportunidad de observar no solo el espectacular paisaje, sino nuestras primeras aves del viaje: alimoche, buitre leonado, cigüeña negra, roquero solitario y golondrina dáurica, por citar algunas. Las vistas merecen de por sí una visita a la zona.



El río Duero desde Picón de Felipe


Ya por la tarde, iniciamos una ruta desde Masueco que nos llevaría, también tras agradable paseo, hasta el Pozo de los Humos, importante caída de agua proveniente del río Uces que se transforma en espuma debido a la violencia de la caída. Advertir que el tramo final de la ruta baja en fuerte pendiente, justo donde ya no se puede acceder con vehículo. Aun así, merece la pena el esfuerzo. Y fue aquí donde pudimos observar a la estrella del espacio natural: el águila perdicera. Sus evoluciones en el aire y su inigualable belleza dejaron postales únicas entre los asistentes.



Pozo de los Humos






Águila perdicera


El camino de vuelta al pueblo ofrece igualmente oportunidades para observar aves y deleitarse con los paisajes agrícolas y su diversidad floral. Bajo el concierto continuo de los ruiseñores comunes, pudimos ver y oír especies recién llegadas de África como el mosquitero ibérico o la curruca carrasqueña, y especies residentes como el triguero.

El domingo nos dirigimos a Mieza para visitar otro de los numerosos miradores que permiten escudriñar el Parque a vista de pájaro. En este caso la primera parada la hicimos en el mirador de La Code. En el camino de ida pudimos observar curruca cabecinegra y carrasqueña, cuco, alcaudón común y picogordo, entre otros. Ya en el mirador, aparte del abundante buitre leonado, pudimos ver el vuelo majestuoso de la perdicera y el alimoche. 

En el mirador de Las Janas, desde el pueblo de Saucelle, hay una buena panorámica de la penillanura salmantina. Abundante la curruca rabilarga en el camino de acceso. Allí apareció el buitre negro y un inusual buitre leonado albino. Destacar también la abundancia de mariposas, con diversas especies en plena actividad.



Macaón



Saltacercas




Antes de abandonar el Parque Natural con dirección a Madrid, realizamos una última parada en el Cachón del Camaces, otro salto de agua que bien merece una visita.




Tritón jaspeado



Golondrina común





martes, 12 de abril de 2011

MONFRAGÜE

De nuevo en marcha hacia un paraíso del que no me cansaré nunca: el Parque Nacional de Monfragüe. El pasado día 6 de abril pusimos rumbo al bosque mediterráneo por excelencia, hogar de multitud de especies, con el aliciente de poder observar las primeras estivales procedentes de tierras africanas. Así pues, a eso de las siete de la mañana de un día ventoso pero que auguraba calor, como así ocurrió, nos echamos a la carretera para disfrutar del máximo de tiempo posible en un lugar único. Accedimos al Parque por el norte, cogiendo la carretera de Bazagona, para llegar a la Portilla del Tiétar, posiblemente el mejor lugar para la observación de aves. Nos daban la bienvenida los abundantes buitres leonados que habitan las paredes, y los ya numerosos milanos negros.



Buitre leonado


Las currucas danzan a nuestro alrededor emitiendo sus peculiares cantos, y de vez en cuando se dejan ver los buitres negros y los alimoches. La estrella del Parque, el águila imperial ibérica, aparece sobre nuestras cabezas para nuestro deleite y, poco a poco, desciende hasta que se muestra bastante bien. Varias pasadas delante nuestra culminan el mejor momento del día. Nos acompañaría prácticamente hasta nuestra marcha a mediodía.



Águila imperial ibérica


Por unos instantes, nos olvidamos del otro morador de la pared: el búho real. Santi localizó el nido, con el pollo en su interior. Costó más de la cuenta dar con el adulto, que también se encontraba dentro. No se moverían de ahí en toda la jornada.



Búho real


Mientras observábamos a la familia búho, otros inquilinos de los roquedos hacían acto de presencia: escribano montesino, roquero solitario, golondrina dáurica, avión roquero, vencejo real, y un largo etcétera de especies que engrosaron la lista de aves. La parada aquí fue muy productiva, como la mayoría de las veces.

Avanzamos un poco más para saludar al otro habitante ilustre del Parque: la cigüeña negra, que se encontraba anidando otra vez donde acostumbraba antaño. Todo un lujo para la vista observar a esta hermosa zancuda.



Cigüeña negra


Nuestro plan era parar en los distintos miradores existentes en el espacio natural para disfrutar de los paisajes y, de paso, localizar nuevas especies u observar mejor todavía las que ya habíamos visto. De este modo, la siguiente parada fue en la Báscula para observar picogordos. Se vieron bien, aunque brevemente. Este lugar es muy bueno para ver buitre negro y culebrera europea.



Picogordo


Cruzamos la presa del Tiétar para una parada en la Tajadilla, donde no vimos nada destacable. Nos fuimos a Villarreal de San Carlos a comer, y de allí al Salto del Gitano, el lugar más visitado y emblema del Parque Nacional. Nada que no hubiéramos observado antes. Los buitres leonados y los milanos negros nos sobrevolaban hasta casi poder tocarlos con los dedos.



Peñafalcón




Milano negro


Tras esta pequeña decepción, hicimos una nueva parada en la Fuente del Francés, donde se impartieron improvisadas clases de identificación de anfibios y mariposas.



Cejirrubia



Penúltima parada en el Puente del Cardenal, donde había posibilidad de observar águila perdicera. Una pareja de aguilillas calzadas nos salieron al paso antes de que, sobre la bocina, otra pareja, esta vez de la ansiada perdicera, nos sobrevolara a gran altura.

Para despedir la jornada, nuevamente a la Portilla, donde el pollo de búho real, atónito ante lo que veía a su alrededor, y el majestuoso vuelo de la imperial nos deseaban un feliz viaje de regreso.



Pollo de búho real



Roquero solitario












lunes, 4 de abril de 2011

AVUTARDAS E IMPERIALES

Fueron las protagonistas de la excursión organizada por SEO/Birdlife y Spainbirds la pasada semana, en una cita donde un grupo reducido de entusiastas ornitólogos se encontraron para recorrer la zona noreste de Madrid en busca de esteparias, y el monte mediterráneo para las rapaces. Partimos de Plaza de Castilla en dirección a Valdetorres del Jarama.  Tras un rápido café en el pueblo, nos encaminamos hacia los llanos cercanos para aprovechar las primeras luces del cálido día que se avecinaba. A primera hora nos encontrábamos con nuestra óptica observando un nutrido grupo (unas 60) de avutardas. Cada sexo se localizaba en grupos separados, y los machos empezaban a realizar la conocida y espectacular rueda. 





Avutardas en cortejo


Después de un rato deleitándonos con este peculiar y único comportamiento, decidimos probar suerte en los campos anexos a Valdepiélagos, pues días atrás se observó por la zona un ejemplar de elanio azul. El ave no apareció, pero fue el recorrido de los mamíferos, pues nada más bajarnos del vehículo para prospectar la zona, un grupito de corzos salió a nuestro encuentro al otro lado de la carretera, y desaparecieron detrás de una loma. Al proseguir nuestro recorrido estudiando con atención el tendido eléctrico, un jabalí corría como alma que lleva el diablo a campo abierto hasta desaparecer en una vaguada. Volvimos a los llanos para adentrarnos más en esta ZEPA, desconocida para muchos. Probamos primero en unos cortados calizos donde años atrás crió el búho real. No lo observamos, pero el vuelo de un macho de aguilucho pálido y las evoluciones de una pareja de alcaravanes nos mantuvieron entretenidos un buen rato.



Alcaraván común


Nuestro siguiente punto sería el soto que recorre la ZEPA, para añadir especies a la lista. No defraudó la visita. Antes de la parada, un mochuelo común jugó con nosotros al escondite en una higuera seca. Llegamos al lugar y ya escuchamos el peculiar canto descendente del pájaro moscón. Tras unos minutos de espera, conseguimos verlo brevemente. Nos acercamos al arroyo, y nos sobrevuelan el buitre leonado y el negro. En unos árboles cercanos al agua observo el movimiento precavido de un pájaro que no logro identificar, pues estaba en sombra. Cuando vuela a una cercana rama, observo con sorpresa que se trata de un torcecuello, seguramente en paso. Otra ave nada fácil de ver.



Torcecuello


Antes de abandonar los llanos, decidimos pasear plácidamente por uno de los numerosos caminos rurales que existen en la zona. Como observación más destacada, un precioso esmerejón (hembra o joven) nos deleita con su peculiar vuelo rasante.

Con este buen sabor de boca, nos dirigimos de nuevo al pueblo para comprar comida. La pareja de cigüeñas blancas sigue criando en el campanario de la iglesia, y sus aleros se inundan de palomas domésticas y grajillas. 

Nos dirigimos al embalse del Vellón para comer y, aparte de anátidas (cuchara europeo, porrón europeo, cerceta común, ánade friso y real), cormorán grande y focha común, destacar un grupito de cuatro andarríos grandes. Nada más reseñable.

Llegaba la tarde, y con ella la ansiada visita al monte de El Pardo. Nuestro objetivo: observar águila imperial ibérica. Y vaya si lo conseguimos. Como sobraba algo de tiempo, nos encaminamos por caminos rurales hasta llegar al muro de El Pardo. Desde allí nos dirigimos a un mirador con una buena perspectiva de la línea de alta tensión que utilizan las rapaces de posadero. Al fondo, el cerro de la Marmota, donde terminaríamos la tarde. Decidimos bajar un poco por el camino que se pega al muro, y para nuestra sorpresa, allí, a la vuelta de la esquina, se encontraba una pareja de águilas imperiales posadas en una torreta. Una de ellas devora lo que parece ser un conejo. Embobados nos quedamos todos, y permanecimos en el sitio observando con detenimiento las evoluciones de la pareja de rapaces. El paso de un ciclista ahuyenta a una de ellas a otra torreta algo más lejana, mientras la otra permanece sin inmutarse. Teniendo la luz de frente (una pena), las fotos y los vídeos no salen como deberían, pero la sola observación de esta bella rapaz tan cerca (más o menos a unos 300 m) compensa esas malas sensaciones. Valgan como prueba de esta única e indescriptible observación aunque, como ya he dicho, la calidad sea pésima.








Águila imperial ibérica




No se podía finalizar de mejor manera. De camino a la última parada, observamos alcaudón común y collalba gris (las primeras de la temporada). Después de una breve visita al cerro de la Marmota, donde añadimos paloma zurita y roquero solitario, nos despedimos del monte mediterráneo hasta una próxima visita. Después de dejar a una persona en Colmenar Viejo, llegamos sin novedad a Madrid poco antes de las ocho de la tarde, con buen sabor de boca.

Desde aquí animo a Santi Villa, nuestro guía ese día y director de Spainbirds Nature, a que potencie este tipo de salidas, algo novedoso pero que funciona (y funcionará) como todos deseamos. Gracias a tod@s con los que compartí un maravilloso día de campo y pajareo. Y gracias a Santi por enseñarme cada día algo más, que no es poco.




lunes, 28 de febrero de 2011

OTRA VEZ LINCE

Este fin de semana viajaría otra vez a la sierra de Andújar, esta vez con SEO. Nuestro objetivo: observar aves y, por supuesto, intentar observar al lince ibérico. El sábado por la mañana salimos con algo de demora y buen tiempo hacia el reino del príncipe manchado. Esa misma tarde llegaríamos a la zona del Encinarejo, y en la primera área recreativa comimos. Ya pudimos empezar a marcar en nuestras listas los primeros habitantes alados del paraje. Numerosos paseriformes forestales nos daban la bienvenida: trepador azul, herrerillo común, carbonero común, petirrojo son sólo algunos nombres.

Decidimos caminar en placentero paseo hasta la presa del Encinarejo haciendo tiempo para, a la vuelta, realizar una primera espera en el mirador. Nos pusimos en marcha, con un calor casi veraniego, y nos asomamos al mirador, pues teníamos tiempo de sobra. Para nuestra sorpresa, una lejana pareja de águilas reales cicleaban ante nosotros, llevando una de ellas material para el nido en el pico. Primera buena observación del fin de semana. Llegados al acceso al puente, la mayoría de la gente cruzó y se dirigió al otro lado del río. Unos pocos y yo decidimos quedarnos a la sombra, cerca de la orilla, escudriñando las pedreras de enfrente por si sonaba la flauta. Pasado un rato, y viendo que la gente ya regresaba, Mariajo y yo decidimos volver al mirador para coger sitio. Así lo hicimos, y en un momento se llenó de gente. Pasados unos minutos, Santi recibe una llamada de Pilar: María había localizado un lince tumbado a la sombra en un matorral. Tardé como dos décimas de segundo en coger los trastos y pegarme la carrera del mes para llegar al lugar del avistamiento. Cuando llegué, pedí a Ángel que me buscara al animal por el teles mientras recobraba el aliento. Ahí estaba, tumbado a la sombra, mirando a un montón de fanáticos llegar a mogollón y colocándose enfrente con sus telescopios y prismáticos. El matorral que le cubría no permitía a la mayoría disfrutar de uno de los más bellos rostros del reino animal. Eso lo hacía incluso más interesante: él nos miraba con esos ojos penetrantes, y tú le intuías la mirada entre las ramas. El animal mostraba indiferencia total, permitiéndose el lujo de levantarse y estirarse para después sentarse dándonos la espalda. De vez en cuando volvía la cabeza a nuestra posición, nos miraba, y se giraba de nuevo. "Qué estarán mirando éstos, que no logro verlo" parecía decir. En un momento dado, se incorporó y con paso firme y desganado subió la ladera, nos dedicó un par de miradas, y se perdió detrás de una loma. Ya no volvimos a verlo. La mayoría siguió vigilando la zona por si le daba por volver, ya empezaban los corrillos con comentarios de adulación y admiración hacia el felino mientras a otros se nos estaba cayendo aún la baba. Pocas oportunidades se nos presentarán en el futuro para observar igual de bien al felino más amenazado del planeta. Todavía no tengo palabras para describir lo que viví aquella tarde. 







Lince ibérico


Con el mejor sabor de boca posible, volvimos al autobús y, como broche de oro, observamos un martín pescador posado en la orilla del río, y una hembra de escribano soteño.



Escribano soteño (hembra)


El domingo tocaba patear el sendero de Los Escoriales, posiblemente la mejor zona para observar al gato clavo. Serían unos diez kilómetros entre ida y vuelta hasta los punto de espera por un camino de tierra, en general, en buen estado aunque con bastante bache. Había que extremar la prudencia con el tráfico rodado y disfrutar de espectaculares paisajes. Con la climatología algo revuelta, iniciamos la marcha. Entre el numeroso ganado bravo de las fincas privadas, disfrutamos de numerosas observaciones orníticas: buitres leonados y negros, águila imperial ibérica (adulto y subadulto), picogordo, mochuelo europeo, pinzón vulgar y un largo etcétera que engordó notablemente la lista de aves.




Ganado de lidia




Pinzón vulgar



Una vez llegados a la zona más propicia, realizamos una pequeña espera, pero sin éxito. Todo estaba muy tranquilo. Apenas se dejaron ver un grupito de cinco ciervos. Regresamos tranquilamente hasta el bus, y localizamos el primer cuco de la temporada, además de golondrinas comunes y dáuricas, y avión común. Las primeras estivales se dejaban ver por fin por nuestros lares. La primavera llamaba a la puerta.

Un fin de semana de lo más pajarero y, evidentemente, marcado en nuestras cabezas y nuestros corazones, por habernos encontrado cara a cara con el príncipe de la serranía mediterránea: el bello y majestuoso lince ibérico.




Santuario y sierra de Andújar desde los Escoriales






jueves, 24 de febrero de 2011

DONDE EMPEZARON NUESTROS SUEÑOS




Así, a botepronto, os preguntaréis a qué viene el título. Si añado que resumiré nuestra excursión por el Barranco del río Dulce, es posible que a la mayoría siga sin sonaros nada de nada. La magnífica excavación que el río crea, formando un profundo barranco de espectaculares paisajes, ya es una excusa para acercarse a este enclave. Allá por donde terminan de asomarse las extensas parameras que la circundan, las largas y profundas hileras de chopos escoltan al río en su caminar por tierras de Guadalajara. Y es aquí donde empezaron a enseñarnos la naturaleza en toda su esencia. Aquí se rodó buena parte de las escenas de la mítica serie "El hombre y la tierra", de Félix Rodríguez de la Fuente. En la imagen de la cabecera se aprecia el lugar donde el equipo asentó el campamento que serviría de base para instalarse.

Empezamos observando esta magnífica estampa desde el mirador "Félix Rodríguez de la Fuente", situada en la carretera GU-118. Ahí ya observamos los primeros buitres leonados y chovas piquirrojas.



Mirador "Félix Rodríguez de la Fuente"



Proseguimos viaje hasta llegar a Pelegrina. No se puede acceder al pueblo en vehículo, por lo que bajamos del autobús a la entrada e iniciamos la ruta. Tras superar una bajada, empezamos a caminar por una pista en buen estado y prácticamente llano, paralelo siempre al río, siempre por el margen izquierdo. En estos primeros kilómetros ya pudimos deleitarnos con el majestuoso vuelo del halcón peregrino, así como infinidad de paseriformes forestales (trepador azul, agateador común, mito, herrerillo común, curruca capirotada, etc.).



Pelegrina


Cuando llevamos aproximadamente 1,5 kilómetros de caminata, nos encontramos con una caseta reconstruida, que resulta ser el lugar donde Félix guardaba los equipos y material de rodaje. Seguimos paseando hasta llegar a un lugar entre vegetación y cristalinas aguas donde ya no es posible seguir. Aquí hay dos opciones: cruzar el río y volver por un camino paralelo o dar media vuelta. Cuando el río está crecido o las piedras que hay a modo de pasarela no están lo suficientemente asentadas en el suelo, habrá que optar por la segunda opción. A la vuelta, observé un lejano roquero solitario en lo alto de una peña. No creía posible abandonar el paraje sin haber observado siquiera uno de éstos. Más adelante, también en lo alto de un peñasco, un halcón peregrino vigilaba su territorio con inerte postura. Majestuoso. 



Río Dulce


Por la tarde nos dirigimos a La Cabrera, pequeño pueblo donde tampoco se puede acceder en vehículo (hay un parking señalizado a la entrada). El autobús nos dejó en el cruce de arriba y, mientras bajábamos, observamos a una pareja de corzos mirarnos sorprendidos para después iniciar un trote que les hizo desaparecer entre la espesura vegetal. Justo al lado del puente de piedra (pero sin cruzarlo) empieza a mano derecha una ruta que prosigue paralelo al río, en un ambiente tranquilo y relajado. Llegados a una pequeña zona abierta, algunos optamos por la vuelta, pensando en la subida hasta el cruce y el tiempo que nos llevaría hacerla. Los pico picapinos hicieron las delicias de los presentes en los secos chopos de la orilla, y la correcta identificación de una pareja de zorzales alirrojos a última hora de la tarde. Algunos del grupo más retrasado consiguieron ver una lejana águila real. Cuando llegamos al parking pensando en la subida, vimos el autobús bajar. Podía dar la vuelta pues no había vehículos aparcados. Menos mal.



La Cabrera


Comentar el placer que sentimos el grupo de contar en el viaje con Antonio Ruiz, que formó parte del equipo de rodaje de "El hombre y la tierra". Sus comentarios y anécdotas, así como su conocimiento del entorno nos facilitó mucho la labor a la hora de conocer un poco mejor los lugares donde todo naturalista de ahora empezó a soñar con águilas reales volando entre peñas o lobos corriendo ladera arriba, y que ahora llevamos en la sangre y nos da la vida. Gracias.



lunes, 21 de febrero de 2011

LAGUNAS MANCHEGAS


Laguna del Pueblo, Pedro Muñoz


Establecimos nuestra base de operaciones en Pedro Muñoz, con la cercana laguna como telón de fondo. Me gusta el lugar, tranquilo y con buenas observaciones de aves. Eso fue lo que hicimos la primera tarde, un agradable paseo bordeando la mancha de agua para apuntar las primeras aves de la visita. Sigue siendo un dormidero de aguilucho lagunero occidental, algunas anátidas (porrón europeo, ánade friso y las siempre hermosas malvasías cabeciblancas, de las que contabilizamos hasta 16 ejemplares) entre otras especies.

El día siguiente decidimos visitar las lagunas de Alcázar de San Juan, en concreto la de La Veguilla. Y había vida rebosando por todas partes. A pesar del frío, intenso a veces, la lámina de agua ofrecía estampas difíciles de describir con palabras: focha común (a cientos), multitud de anátidas (cerceta común y pato colorado, entre otras), flamenco común (ni rastro del enano) y bastante aguilucho lagunero con sus piruetas de cortejo ya en marcha. Dos calamones se alimentaban en una zona de aguas tranquilas junto a infinidad de gallinetas comunes. 



Aguilucho lagunero occidental



Calamón común



Al día siguiente me levanté un poco débil, no me encontraba bien, pero saqué fuerzas de flaqueza y nos fuimos a las Tablas de Daimiel. También rebosaban agua, daba gusto verlas así. Nos acercamos al molino de Molemocho a intentar observar las cercetas pardillas que se observaron a principios de año. Las localizamos (contamos 20) y nos deleitamos con ellas. 





Cerceta pardilla



Visitamos la charca de aclimatación, pues no tenía fuerzas para realizar ninguna de las rutas del Parque. Casi todas las anátidas peninsulares se encontraban allí, incluida alguna rareza como el porrón bastardo o el pardo.



Porrón bastardo (macho)




Porrón pardo (macho)


A última hora decidimos volver a Pedro Muñoz, y para nuestra sorpresa, había nevado copiosamente esa misma tarde. Un plato de sopa caliente me ayudó a meterme en la cama antes de hora, las fuerzas ya me habían abandonado.

A la mañana siguiente, algo mejor, recogimos los bultos y volvimos a Madrid, con la idea de volver a visitarlas ya entrada la primavera.

domingo, 20 de febrero de 2011

EL GATO MANCHADO (II)

Llegamos cuando las primeras luces del día asomaban tímidamente entre las suaves lomas vestidas aún de oscuro, y tomamos rápidamente posiciones.

La niebla cubría el valle y las vaguadas en su totalidad, y la visibilidad era nula. La tapadera de bruma anulaba cualquier posibilidad de disfrutar del bosque mediterráneo en todo su esplendor, y sólo era cuestión de tiempo que la naturaleza decidiera emprender su tarea, y disipara cualquier atisbo opaco de sentimiento a nuestros ojos.

El manto verde de desordenadas encinas y pinos, jaras y arbustos, la vena de la vida en forma de agua, y montículos de piedra, formando peculiares formas, eran en su conjunto el hogar del gato cerval.

Y bajo el cielo azul y la banda sonora de los numerosos pajarillos que por allí se movían, iniciamos la búsqueda. Oteábamos cada rincón con los prismáticos y los telescopios, a sabiendas de que podía aparecer por cualquier sitio. Los córvidos serían unos buenos aliados en esta ocasión, serían los perfectos chivatos de dónde se ocultaba el felino. Podíamos imaginar cómo se asomaba después de haber barrido ese lugar en concreto con el telescopio, y que pensara: "No me han visto". Y la tensión se hacía patente, sobre todo cuando saltaba una falsa alarma. Los numerosos ciervos y conejos nos inducían a error. Empezaban a aflorar los nervios. Cambiábamos de posición, descansábamos la vista a menudo y hacíamos pequeños paseos para desentumecer los músculos. Y permanecíamos atentos al comportamiento del resto del público que, como nosotros, habían acudido al encuentro del lince ibérico. Cualquiera, en cualquier momento, podía dar con él. Así pues, todos los ingredientes estaban preparados y ya sólo faltaba que el actor principal apareciera. Pero se hacía de rogar.

Llegada la hora de comer, pensábamos hacer un alto para descansar, cuando Mariajo volvió al telescopio para hacer el último barrido, y se lo encontró subiendo una ladera. "Lo tengo chicos". "Está ahí". Me faltó tiempo para lanzarme a su teles y observarlo también. "No lo pierdas, por lo que más quieras", me decía Mariajo mientras avisaba a los demás. Yo obedecí, y no le quité ojo. Un precioso ejemplar subía con andar firme y elegante por la cota, marcaba su territorio orinando en unos arbustos y desapareció entre unas grandes rocas. Desgraciadamente, cuando llegó el resto, el animal se había esfumado.

Ya por la tarde, hubo otra sorpresa en forma felina, bebiendo en un arroyo en el fondo del valle para después bordear unas jaras y ascender por una ladera hasta desaparecer de nuevo, coincidiendo con la niebla que caía sobre nosotros. La naturaleza quería que viéramos al fantasma de la sierra lo justo y necesario. Con un magnífico sabor de boca, acabamos la jornada en Los Pinos cenando y celebrándolo.

El domingo por la mañana volvimos a Los Escoriales, al mismo sitio, para tentar de nuevo a la suerte. Diego y Virginia decidieron caminar deshaciendo el camino para entrar un poco en calor. Al rato, Álvaro recibe una llamada de Diego. Habían visto una lincesa con cachorros. Rápidamente nos dirigimos para allá, pero cuando llegamos, se habían movido. Volvimos otra vez por el camino y nos encontramos a Fernando y Mariajo. "Ha estado la lincesa ahí sentada". "Y los cachorros andan por la ladera haciendo lances de caza". Efectivamente, llegué a observar dos cachorros, uno de ellos muy bien visto, juguetear en una ladera, subiendo y bajando. Cuando volvieron a desaparecer, dimos la jornada por concluida y nos dirigimos a El Encinarejo, donde a Miguel Ángel (que se fue por la mañana por su cuenta) se le cruzó otro lince por un camino. Ver para creer, vaya empacho de gato moteado. Y yo sigo teniendo hambre...